Bío

Decía Oscar Wilde que para escribir no existen más que dos reglas: tener algo que decir… y decirlo. En la música ocurre igual. Hay demasiada gente que canta porque le gusta cantar, demasiados compositores que tocan porque les encanta tocar. Las escuelas de música están atestadas de músicos que disfrutan con esta bendita locura que nos une… Pero mi amigo Carlos canta porque necesita cantar. Él tiene que cantar. Lo precisa como quien respira y vive para hacerlo, por fortuna para un mundo inconsciente aún de su grandeza. Él nos salva de la mediocridad de un oficio encorsetado y ninguneado a golpe de mercado.

Cada cual en esta vida tiene un don y dependiendo de la persona se nos antoja más o menos evidente. En mi caso, sólo fue necesario escucharle un par de estrofas para volver a encender la llama del arte que todos llevamos dentro pero sólo algunos nos detenemos a paladear. A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto y de pronto, toda nuestra vida se concentra en un solo instante: Yo volví a creer en la MÚSICA con mayúsculas gracias a él.

Los melómanos no tenemos cura, pero somos la medicina para todos los males de espíritu y él propaga esta enfermedad como no recuerdo haber visto hacerlo a nadie en mi vida. Carlos Suárez es un artista a flor de piel, de los que llegan a la primera escucha y te revuelven los adentros. Ese duende innato no se merca, no es negociable. Se tiene o no se tiene y punto. La sutileza de sus melodías, el mimo en la entrega, el remate de sus versos limados hasta la locura… Todo y nada de eso es comparable a su voz. Una voz con vida propia capaz de colorearle todas las mañanas al mundo. Una voz precisa y preciosa, con regusto a primavera; lista para rasparle el corazón al amante desdeñado y arañar de paso el alma a todo el que se precie a escucharla. Porque Carlos es un genio, de esos que te cruzas sin razón una sola vez en la vida y aunque el universo lo calle, sabes en tu yo más profundo que es cuestión de tiempo que todos descubran ese terciopelo en el latido.

La casualidad nos da siempre lo que nunca se nos hubiera ocurrido pedir y yo vi maestría; vi talento a raudales rebosándole la garganta. Por eso siempre supe que era cuestión de tiempo. Sólo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar… Por eso Carlos sueña en cada una de sus letras, porque su voz vuela alto y libre cada vez que escupe una canción, con la destreza de ese arte que lo sacude desde el alma. Un niño reconoce a su madre por la sonrisa, vosotros lo descubriréis en su voz. En el desengaño que vierten sus letras, en los requiebros sonoros que os atarán a él como si llevarais varias vidas esperándolo… Un comienzo no desaparece nunca, ni siquiera con un final, por eso invito al universo desde esta humilde pluma a compartir el pellizco de este grandísimo poeta, artista de raza y por descontado, mejor persona.

Fdo: Miguel Vivas Ruiz